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relato erotica

La reina de la noche

La reina de la noche

Llegó al portal y volvió a verificar en la tarjeta que le habían dado que se trataba de la ubicación indicada, tocó al timbre y esperó, pensando una última vez si tendría el valor a subir o si, de un momento a otro, echaría a correr.

Una voz masculina, ronca y seductora, consiguió sacarla de sus pensamientos—Santo y seña—escuchó al otro lado del telefonillo. Por un segundo dudó cuál era la respuesta, balbuceó.—¿Hay alguien ahí?—repitió de nuevo el hombre.

Eyes Wide Shut—dijo con voz nerviosa mientras recordaba la escena de aquella película.

Unos segundos más tarde, sin mediar palabra, oyó el clic de la cerradura abriéndose, empujó la puerta y comenzó a subir las escaleras de ese majestuoso portal.

Le recordaba a un palacete, una escalinata señorial, con una alfombra en tonos rojizos pegada cuidadosamente a cada uno de los escalones y pasamanos a ambos lados. Al fondo pudo ver el ascensor, antiguo, como parecía ser todo en aquel edificio, con doble puerta, una reja y una de madera, era incluso más viejo de lo que parecía.

Abrió las puertas, entró y justo cuando estaba a punto de dar al botón correspondiente, un chico joven, de ojos marrones, intensos, y con una bonita sonrisa, agarró la puerta antes de que se cerrase y se deslizó dentro.

—¿A qué piso vas?—preguntó él intentando romper un poco el hielo.

—Al ático—respondió ella tímidamente.

—Creo que vamos al mismo sitio—aseguró el joven con una sonrisa pícara y un brillo especial en los ojos.

Eso hizo que ella se pusiese aún más nerviosa, pero ya no había vuelta atrás.

La subida duró tan solo unos segundos, pero a ella se le hicieron eternos, evitó por todos los medios el contacto visual con aquel apuesto joven, las manos le sudaban y tenía la boca seca. «¿Quién me manda meterme en estos líos?» se preguntaba sin saber qué respuesta darse.

 Y, por fin, el ascensor paró en el último piso, el chico abrió ambas puertas y viendo que la muchacha no se movía del interior del ascensor, se giró para preguntarle—¿No vienes? Estoy seguro de que te lo pasarás muy bien. ¿Es tu primera vez?

—Eh eh ¡sí!—dijo con voz entrecortada.

—No te preocupes, es normal estar nervioso al principio, pero una vez cojas un poco de confianza, verás como empiezas a disfrutar—le dijo guiñándole un ojo.—Soy Javier, por cierto.

—Eh, encantada—dijo ella extendiendo su mano derecha.—Yo soy Carmela.

—Un placer Carmela, vamos, entraré yo primero, no les suele gustar que se acumule mucha gente en la puerta, espera un par de minutos y entras, ¿de acuerdo?

—Va-vale, hasta luego.

—Nos vemos dentro, búscame—dijo mientras se perdía en el interior de la casa.

Esperó un rato más, volviendo a preguntarse si había sido una buena idea, pero ya estaba allí y la curiosidad podía mucho más que su vergüenza. Así que, lentamente, con la mano temblorosa, tocó el timbre.

Le abrió la puerta una mujer, no mucho mayor que ella, vestía un body negro, con transparencias, dejando muy poco a la imaginación. Era alta y además lucía unos zapatos negros con un vertiginoso tacón que hacía que pareciese inalcanzable. Poco se podía ver de su rostro ya que estaba cubierto con un bonito y delicado antifaz negro con detalles en encaje púrpura, lo que hacía resaltar aún más sus preciosos ojos de color azul intenso.

—¿Nombre?—le preguntó con un largo listado entre sus manos.

—Carmela López.

—Mmm, vale, aquí estás—dijo la chica mientras tachaba su nombre de la lista.—Puedes pasar, déjame aquí tu abrigo, lo guardaré en el ropero.

Carmela dejó caer su chaquetón deslizándose por sus hombros, dejando al descubierto su bonito vestido lencero, que permitía ver marcados sus pezones, a causa de una mezcla entre un repentino frío y los nervios de la situación. Se puso un antifaz que le ofreció la joven de la puerta y se dispuso a entrar. Ahora sí que no había vuelta atrás.

Avanzó hasta el interior de la vivienda, pasó un largo pasillo con luz tenue hasta encontrarse, al final del mismo, con un enorme salón repleto de gente. En él había sofás, sillones, incluso camas, repletas de gente semidesnuda, todos ellos con antifaces. El ambiente estaba cargado, olía a humo, a alcohol, a sudor y a sexo y eso hizo que se extremeciese. Había imaginado muchas veces en su cabeza un sitio así, se había visualizado en uno de esos sofás, con más gente, semidesnuda, con un pene entre sus piernas mientras otra persona lamía suavemente su cuello. Solo de pensarlo se excitaba, se moría de ganas por entrar a formar parte de esa orgía, pero las dudas y la vergüenza eran malas compañeras en ese tipo de situaciones.

—Volvemos a encontrarnos—le dijo una voz familiar al oído.—¿No piensas entrar o qué?

Sin esperar a que ella pudiese responder, agarró su mano y tiró de ella hacia el interior de la sala. Se tiró en un sofá, en medio de otras dos personas, agarró a Carmela de la cintura y la sentó sobre sus piernas.

Según cayó encima de él notó cómo lo duro que estaba su pene y eso la excitó, se giró para mirarle de frente y comenzó a besarle. Mientras tanto, el hombre que se encontraba a su izquierda comenzó a bajarle uno de los tirantes de su vestido, dejando al descubierto su pecho, empezando a lamerlo suavemente.

Notaba cómo sus braguitas empezaban a humedecerse, quería más. Dejó de besar al chico del ascensor para poder hacer lo mismo con la joven que esperaba su turno al otro lado del sofá. El hombre, que había dejado su pecho al descubierto, había ido bajando poco a poco hasta llegar a su cintura, le levantó el vestido y comenzó a besar su vientre, bajando aún más. Ella seguía alternando sus besos con Javier y con la joven desconocida, apasionada y sintiéndose más libre de lo que se había sentido en toda su vida.

Antes de que el hombre continuase bajando, se levantó para sentarse ella también sobre el sofá, entre las dos bocas que esperaban de nuevo sus besos. El hombre, que se encontraba de cuclillas delante de ella, aprovechó para coger sitio también en el sofá.

No se creía lo que estaba haciendo, no sabía si le excitaba más la situación o el hecho de estar cumpliendo una de sus grandes fantasías. No le dio tiempo a seguir pensando, ya que empezó a notar una mano entre sus piernas, separando ligeramente sus braguitas, para introducir suavemente un dedo dentro de su vagina.

Era Javier, que la miraba con deseo. Ella, gimoteando, no podía resistir el placer que estaba sintiendo, buscó dentro de sus calzoncillos su pene erecto y comenzó a apretarlo y a subir y bajar lentamente.

Giró su cara y vio cómo la otra chica también se moría de ganas de participar, así que con la otra mano comenzó a desabrocharle el body que llevaba para después quitárselo lentamente. Una vez estuvo desnuda, comenzó a ofrecerle el mismo placer que ella estaba experimentando. Se sintió poderosa, al mando de la situación y eso hizo que se excitase aún más, hasta el punto de correrse.

Pero quería más, necesitaba más. Soltó ambas manos y se sentó sobre el chico que había conocido minutos atrás en el ascensor, introduciendo su pene en su interior. La chica, que no quería perderse aquella diversión, comenzó a besar el cuello de Javier, señal que él interpretó como una invitación a que la masturbase, y así lo hizo.

Llegó un hombre mas, que se colocó detrás de Carmela y comenzó a morder su cuello mientras jugaba con su propio pene.

 Sentía que iba a explotar de placer y, de repente, el segundo orgasmo. Chilló, clavó sus uñas en el pecho de Javier, que la miraba con una sonrisa pícara. Era tal cual se la había imaginado, tímida, callada e introvertida, pero una fiera en la cama. Y viendo cómo ella disfrutaba, él también se corrió.

Ambos cayeron exhaustos sobre el sofá, dejando que las otras dos personas que les acompañaban siguiesen la fiesta por su cuenta.

—¿Era como te lo habías imaginado?—preguntó Javier respirando fuerte, sediento y sudoroso.

—Aún mejor, no es solo el placer, es la sensación que me hace sentir dejar de lado todos mis miedos y permitirme disfrutar, sin pudor, sin tabúes. He conseguido ser yo misma por primera vez en mi vida.

—Ese es el plan, que mañana te despiertes y no solo recuerdes el sexo y a las personas que te acompañaron en la experiencia, sino que esto te sirva para algo más, para sentirte mejor contigo misma, para aprender algo nuevo de ti, para ayudarte a ser feliz.

Y así fue, la mañana siguiente, con el olor a humo, alcohol y sexo aún impregnando su cuerpo, se despertó desnuda sobre su cama, con una sonrisa en sus labios sabiendo que una nueva Carmela había nacido aquella noche, en aquel ático de aquel viejo edificio y que nunca más volvería a ser como antes. Y para celebrarlo, comenzó a masturbarse pensando en las manos de Javier recorriendo todo su cuerpo. «¿Cuándo repetiremos?» era la única idea que rondaba su cabeza en aquel momento. 

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